21 de mayo el día que se termina el mundo...

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Hay sitios New Age que están anunciado el fin del mundo para el 21 de mayo. ¿De dónde surgen las teorías milenaristas y qué dice exactamente la Biblia sobre el final de los tiempos?





En estos días, los escenarios apocalípticos abundan, ligados a fenómenos de pánico, despertando temores milenaristas.



Recalentamiento climático, crisis económica, guerras y terrorismo, terremotos y tsunamis: las desgracias del tiempo agravan los temores y serían signos premonitorios de un trastorno cósmico. Especulando con el fin del mundo y el advenimiento de una nueva era de la humanidad, los movimientos escatológicos proliferan y se extienden, en los sitios de Internet, con previsiones apocalípticas.



Una de ellas, apoyada en el calendario maya, caro a los fieles del New Age, anuncia para el 21 de marzo de 2011 la elevación de todos los creyentes para el Juicio Final y para el 21 de octubre de 2011 el fin del mundo.



La cercanía del año 2000 ya había reactivado esos movimientos de pánico, atribuidos, en la Edad Media, a los terrores del año mil. Esta creencia en un terrible juicio último, ligado a la venida de un Mesías y al final de los tiempos, remonta a lo más lejos de las tradiciones monoteístas.



Esta idea dio nacimiento a un prodigioso florecimiento artístico, del que la más célebre obra es el Juicio Final de Miguel Angel, fresco que decora el muro de la Capilla Sixtina en Roma. Los tímpanos de las catedrales romanas son igualmente ricos en esculturas sobre el tema, que dan testimonio de las fases de angustia atravesadas por la humanidad: los hombres deben convertirse so pena de perecer.



Es hacia el segundo siglo antes de Jesucristo, en un contexto de guerras y persecuciones, que nace en el mundo judío la literatura apocalíptica. Se funda en la creencia en un sistema de redistribución, en el más allá, entre los buenos y los malos. Surgen relatos que reportan al fin de los tiempos un espectacular juicio colectivo de todos los hombres. Desde el 160 antes de Jesucristo, el profeta Daniel en el Antiguo Testamento, predecía:

"Será un tiempo de angustia tal que no se conoce desde que existe una nación. Muchos de los que duermen sobre el suelo polvoriento se despertarán, éstos para la vida eterna, aquellos para el oprobio, para el horror eterno".



La venida del Mesías de los judíos -el mesianismo- debe preceder el fin de los tiempos y ese día del Juicio. Todos deberán rendir cuenta de los actos buenos y malos que hayan realizado. Las almas serán juzgadas en otro mundo, recompensadas o castigadas según hayan sido virtuosas o viciosas.



Los desastres judíos del año 70 (destrucción de Jerusalén) y del año 135 después de Jesucristo -revueltas contra el ocupante romano- confortaron la creencia en una justicia futura. Después de una estadía en sheol (una zona intermedia), las almas irán al jardín del Edén, las otras a la gehena (infierno). Las penas son temporarias y purificadoras: al cabo de un cierto tiempo, el alma puede entrar al paraíso, salvo los pecadores más recalcitrantes.



La tradición cristiana se inspira en esta visión judía. El regreso de Cristo a la tierra debe preceder el fin de los tiempos y la era del Juicio.



Un fin de los tiempos imposible de definir. Nadie conoce la hora del fin del mundo y el retorno de Cristo, dijo Jesús en su primera venida a la tierra (Evangelio de Mateo 24-36). Sin embargo los movimientos apocalípticos más o menos sectarios, que proliferan en la corriente evangélica estadounidense, anuncian el regreso de Cristo como inminente, prediciendo el fin de los tiempos, un gran caos cósmico y la hora del Juicio.



Son movimientos milenaristas : del libro bíblico del Apocalipsis según San Juan retuvieron que un período de felicidad de mil años -un milenio- transcurriría en el nuevo orden que seguirá a la vuelta de Cristo, luego del derrumbe brutal del orden antiguo y del antiguo cósmico.



Esas creencias milenaristas ya hicieron levantarse a multitudes de pobres fanatizados en el Medioevo que aspiraban a una mejora de sus condiciones materiales de vida. Vuelven hoy con fuerza. Siempre acecharon los espíritus en las épocas turbulentas y dieron argumento a cada fundador de una secta milenarista para fijar la fecha de la vuelta de Cristo, los mil años de felicidad, el fin del mundo, el Juicio, la recompensa a los justos y el exterminio de los malvados. Esos anuncios encuentran un impacto extraordinario en los períodos de crisis como las que atravesamos hoy. Alimentan la imaginación y despiertan mitos como el del Paraíso perdido.



Las iglesias oficiales no comparten estas creencias arcaicas y fundamentalistas. Simplemente recitan en su Credo que "Cristo volverá en su gloria para juzgar a los vivos y a los muertos".



Los cristianos esperan ciertamente el regreso de Cristo. Esperan que vuelva, en una fecha desconocida, en la gloria de un mundo en el cual justicia y fraternidad tendrán pleno sentido. En un mismo movimiento, esperan la vuelta de Cristo y su Juicio que, dice el Evangelio, no es un proceso del cual salen condenados y elegidos. Es la constatación de lo que el hombre habrá hecho de su libertad.



"El que haya salido de sí mismo y haya ayudado a los demás, ése ya se ha juzgado y se ha abierto a la felicidad eterna", dice el Evangelio de Mateo (25). Volverá, no como presidente de un tribunal para juzgar las almas según sus méritos, sus buenas o malas acciones. No para juzgar a los hombres sino para salvarlos.


(*) Henri Tincq es un periodista francés, especialista en cuestiones religiosas, columnista de los diarios La Croix y Le Monde. Autor de Los Católicos, entre otros ensayos

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